Un año más, el Rey Felipe VI ha pronunciado el tradicional mensaje de navidad de la Casa Real desde el Palacio de la Zarzuela. Y como suele decirse, el de este año era su «mensaje más delicado». No falla.

Si bien es cierto, España no había tenido en el gobierno un partido abiertamente declarado republicano, ni tampoco la monarquía había sufrido el «desgaste» de la prensa sobre la figura del Rey Juan Carlos.

¿Qué ha dicho el Rey?

Como más adelante nos contará Marta Marcos en su análisis, los ejes del discurso han sido las personas. Desde el inicio se ha referido a ellas con mensajes positivos, desde el sentimiento y el recuerdo a los fallecidos o destacando el papel de quienes están en primera línea en la tarea de atajar la COVID19.

Un año marcado por la profunda crisis sanitaria (que todavía sigue) también está golpeando duramente la economía y a todas esas personas se ha querido referir el monarca. Dirigiéndose a los autónomos y empresarios, hablando de los bares y comerciantes a los que tan directamente está golpeando la pandemia.

Una vez más, ha defendido el papel fundamental de la Constitución en la sociedad española y también la importancia de las conductas, sin especificar, pero sin excepciones de todos aquellos que tienen algún tipo de responsabilidad pública.

Reputación e imagen pública

Se trata del séptimo mensaje de Nochebuena de Felipe VI como jefe del estado, donde la estrategia de la Casa Real apunta hacia el futuro de la institución.

Por ello, durante este 2020 se ha incrementado la presencia publica de la princesa Leonor en actos públicos e incluso el ‘christmas’ de la Familia Real ha estado protagonizado por una imagen una fotografía de la princesa Leonor y la infanta Sofía.

Escenografía

En un año tan poco habitual, esta ha sido la segunda vez que el Rey se dirige a la población. Lo hizo de forma excepcional el 19 de marzo, tras decretarse el estado de alarma por la emergencia sanitaria.

El de hoy ha presentado diferencias y similitudes con el mensaje emitido en marzo. En esta ocasión, Felipe VI ha pasado de un discurso institucional de unos siete minutos, que ofreció de pie y tras un atril, a uno sentado de 13 minutos y 25 segundos. Rozando los 15 minutos, como manda la tradición.

El discurso ha tenido un primer encuadre con un plano medio, protagonizado por un nacimiento escueto y un colorido árbol de Navidad con adornos rojos y plata. El rey ha portado una corbata azul océano (a juego con sus ojos) junto a un sobrio traje de chaqueta negro.

En el segundo plano, el monarca ha estado enmarcado por la institucionalidad y protocolo de las banderas de España y de la Unión Europea. Junto a ellas, una Constitución Española y una foto de Felipe VI con mascarilla, en el homenaje de estado a las víctimas de la COVID-19. El plano se ha completado con un nacimiento clásico, pero separándolo de otros elementos, en los distintos planos. Cada uno ha tenido su lugar.

Y como novedad, para esta ocasión contamos con la consultora @MartaMarcos5.

El análisis de Marta Marcos

Los periódicos nacionales lo han estado dejando claro a lo largo de estos días: el séptimo mensaje navideño era, sin lugar a duda, el discurso de Navidad más difícil al que se enfrenta el monarca, no solo por los escándalos en el seno de su familia, también porque ha sido un año complejo, marcado por la crisis sanitaria, de ahí que, precisamente, su discurso se haya centrado en la pandemia, pero sin mencionar ni a la COVID-19 ni al coronavirus y haciendo un llamamiento a la unión para superar este «trágico momento».

Dejando a un lado lo evidente del 2020, los ejes del discurso del Rey Felipe VI han sido las personas, como protagonistas y sustento de España, la responsabilidad -herencia del Rey Juan Carlos I, que en todos sus discursos desde 1975 destinaba algún minuto a hablar de ello-, la Unión Europea, el apoyo a las empresas y la importancia de nuestra democracia. Las palabras más utilizadas han sido sociedad, España, crisis, personas y familias. Parece que han pasado dos décadas desde aquella vez en que la palabra más repetida era «convivencia». Esto ocurría en 2018, cuando la crisis en Cataluña era la principal referencia en nuestro país.

A diferencia de otros años, en los que el inicio ha sido cálido y personal y que habitualmente empezaban con buenos deseos para las Navidades, en nombre, también, de la Reina Letizia, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía. Esta vez ha sido diferente porque ha sustituido los deseos y esperanzas por «el vacío imposible de llenar», «los fallecimientos» o «la situación grave». Los conceptos que han impregnado el inicio del discurso han sido chocantes, nada dulcificados, para referirse a una situación excepcional y delicada que ha asolado el país, y que ha querido utilizar para su defensa de las personas que han puesto «su trabajo al servicio de los demás». Las personas, de hecho, han sido las principales protagonistas de este discurso.

A lo largo de su alocución, que como viene siendo costumbre se alarga a los 13 minutos, Felipe VI trata de reiterar el espíritu renovador que supone su Reinado y que desde el mismo momento de su nombramiento ha querido poner de relevancia. En ese empeño por desmarcarse de espejismos, este año ha tratado en su discurso, de forma indirecta y con un espacio breve de tiempo, los problemas éticos a los que se ha enfrentado el Rey Juan Carlos I y que ha puesto en jaque a la reputación del monarca, pero lo ha hecho hablando de «principios morales y éticos» y «el cumplimiento de las leyes» aludiendo a la obligación de todos los ciudadanos, sin excepción alguna.

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